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Soy Elí, un
hombre un hombre trabajador y emprendedor. En mi
carrera profesional serví como la máxima
autoridad espiritual y la máxima autoridad civil
de mi nación. Por supuesto que esto me llenaba
de mucha satisfacción y requería mucho de mi
tiempo.
Físicamente
era un hombre al que ustedes podrían llamar "gordito
bonachón". Con nadie peleaba y mucho menos con
mis hijos. Mi temperamento era tranquilo y amaba
la paz y la comodidad.
Mis hijos
fueron mi mayor tesoro, traté de suplir todas
sus necesidades y poco me metía en sus vidas, es
más, me sometí a su voluntad, ellos tenían el
control, yo sólo cumplía lo que ellos pedían.
En su grande
amor, un día Dios me pidió que cambiara mi
estilo permisivo de paternidad, pero eso
significaba contrariar a mis hijos, así que
decidí no hacer el cambio que Dios quería. Seguí
dando a mis hijos todas las cosas. Me sometí a
ellos.
Cuando fueron
jóvenes, en realidad eran profanos, incrédulos y
rebeldes, pero yo ya no podía hacer nada. Por
su carácter mis hijos no eran aptos para ser
figuras de autoridad espiritual, pero yo,
haciendo caso omiso de sus problemas los declaré
sacerdotes para ministrar ante Dios.
Pensé que eso
los ayudaría a refrenar su mal comportamiento.
Contrario a
lo que yo creía, mis hijos no cambiaron. Pronto
la gente empezó a incomodarse con los dos nuevos
clérigos, ya que mis hijos vieron su trabajo
sólo como un medio de enriquecimiento, de tal
forma que hasta tomaban lo que no les
correspondía y realizaban actos ilícitos con las
mujeres que velaban a las puertas del
tabernáculo. La presión del pueblo fue sobre mí,
y entonces hablé con mis hijos, les supliqué que
cambiaran, que fueran buenos hijos, que no
mancharan mi reputación, que reverenciaran a
Dios, pero ni siquiera se inmutaron, siguieron
en su mal camino. En realidad yo debí
destituirlos del sacerdocio, pero eso sería
deshonrarlos públicamente y me faltó la fuerza
para hacerlo.
Dios tomó la
iniciativa y un día me visitó y me señaló que
honraba más a mis hijos que a Él y que las cosas
no podían continuar así. Ese día comprendí que
ya era demasiado tarde.
Hoy reconozco
no haber administrado mi casa de acuerdo con los
reglamentos que Dios dio para el gobierno de la
familia. Seguí mi propio juicio. Fui padre
permisivo, pasé por alto las faltas y los
pecados de mis hijos en su niñez, engañándome de
que después de algún tiempo, al crecer,
abandonarían sus malas tendencias.
Padres, los
niños que crecen sin freno vivirán una vida de
maldición para ellos mismo y para quienes les
rodean.
Padres, con
tristeza y dolor se los digo: "La mayor
maldición es un hogar es que los hijos hagan su
propia voluntad. Vean el resultado en mis dos
hijos".
Mis hijos
Ofni y Finees murieron en la guerra el mismo
día, siendo aún muy jóvenes. El día que me
enteré de su muerte, fallecí. Si no tomamos el
control temprano, lo perdemos todo.
Anónimo |