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Fue tan
impresionante y patético su ruego, que Napoleón ordenó a
su secretario que le trajera la carta acusadora. Cuando
la tuvo en sus manos se la mostró a la mujer y le
preguntó:
- Es ésta
la letra de tu esposo?
Ella
admitió que así era. Volviéndose hacia el secretario,
Napoleón preguntó:
-¿Es ésta
la única evidencia que hay contra él?
- La
única -ratificó el secretario.
Napoleón
tomó la carta y ante los ojos asombrados de la mujer que
lloraba y del secretario, la arrojó al fuego.
Volviéndose hacia la mujer le dijo:
- No
existe ya evidencia contra su esposo, vayan en paz.
Napoleón
perdonó.
Quizás la
palabra perdón sea la más difícil de pronunciar. Sin
embargo, quien no sepa hacerlo, jamás será feliz. Quien
lleve sobre su corazón la carga de una enemistad o de un
disgusto contra alguno de sus semejantes, llevará dentro
de sí una inquietud y una amargura que poco a poco
pueden ir minando todas las fuerzas morales y
espirituales de sus ser.
Que Dios
te bendiga, hijo mío, para que recuerdes siempre que no
hay nada más grande ni más digno que perdonar.
B. Pérez
Marcio. |